Gobernador Ingeniero Valentín Virasoro
Corrientes, Argentina
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Sábado 3 de abril de 2010
     

Ciento de fieles acompañaron el Vía Crucis

El tradicional Vía Crucis del Viernes Santo por las calles de la ciudad tuvo una importante participación, tanto de la Parroquia San Antonio como la Cuasiparroquia de Itatí. Como todos los años, se recordó la crucifixión de Jesucristo en una peregrinación que unió ambos templos con el Complejo Deportivo donde jóvenes de la Cuasiparroquia representaron las cuatro últimas estaciones.



Las cuatro últimas estaciones del "Vía Crucis" fueron interpretadas por los jóvenes de la Cuasi Parroquia

En forma procesional y recordando cada una de las estaciones del Vía Cucis, reviviendo la pasión y muerte de Jesucristo.

Con un alto nivel de interpretación, jóvenes de la Cuasiparroquia Ntra. Señora de Itatí recrearon las cuatro últimas estaciones, seguido atentamente por una multitud de files, teniendo en cuenta que en ese lugar se concentraron las dos peregrinaciones.

Al término del Vía crucis el Párroco Roberto García dio una Homilía un la que llamó a los cristianos a abrir el corazón en Jesús, “Jesús es la verdad que nos hace libres para amar. ¡No tengamos miedo! Al morir, el Señor salvó a los pecadores, es decir, a todos nosotros”, decía el Padre Roberto.

El programa del Triduo Pascual se continuará desarrollando hoy con la “Solemne Vigilia Pascual”, oportunidad en que se bendecirán agua y velas. Tanto en la Parroquia como en la Cuasiparroquia el horario fue fijado para las 20:00 horas.

 

Vía Crucis en el Complejo Deportivo. Palabras del Párroco Padre Roberto García

Queridos hermanos y hermanas:

También este año hemos recorrido el camino de la cruz, el vía crucis, volviendo a evocar con fe las etapas de la pasión de Cristo. Nuestros ojos han vuelto a contemplar los sufrimientos y la angustia que nuestro Redentor tuvo que soportar en la hora del gran dolor, que marcó la cumbre de su misión terrena. Jesús muere en la cruz y yace en el sepulcro.

El día del Viernes santo, tan impregnado de tristeza humana y de religioso silencio, se concluye en el silencio de la meditación y de la oración. Al volver a casa, también nosotros, como quienes asistieron al sacrificio de Jesús, nos golpeamos el pecho, recordando lo que sucedió (cf. Lc 23, 48). ¿Es posible permanecer indiferentes ante la muerte de un Dios? Por nosotros, por nuestra salvación se hizo hombre y murió en la cruz.

Hermanos y hermanas, dirijamos hoy a Cristo nuestra mirada, con frecuencia distraída por intereses terrenos superficiales y efímeros. Detengámonos a contemplar su cruz. La cruz es manantial de vida inmortal; es escuela de justicia y de paz; es patrimonio universal de perdón y de misericordia; es prueba permanente de un amor oblativo e infinito que llevó a Dios a hacerse hombre, vulnerable como nosotros, hasta morir crucificado. Sus brazos clavados se abren para cada ser humano y nos invitan a acercarnos a él con la seguridad de que nos va a acoger y estrechar en un abrazo de infinita ternura: «Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

A través del camino doloroso de la cruz, los hombres de todas las épocas, reconciliados y redimidos por la sangre de Cristo, han llegado a ser amigos de Dios, hijos del Padre celestial. «Amigo», así llama Jesús a Judas y le dirige el último y dramático llamamiento a la conversión. «Amigo» nos llama a cada uno de nosotros, porque es verdadero amigo de todos. Por desgracia, los hombres no siempre logran percibir la profundidad de este amor infinito que Dios tiene a sus criaturas. Para él no hay diferencia de raza y cultura. Jesucristo murió para librar a toda la humanidad de la ignorancia de Dios, del círculo de odio y venganza, de la esclavitud del pecado. La cruz nos hace hermanos.

Pero preguntémonos: ¿qué hemos hecho con este don?, ¿qué hemos hecho con la revelación del rostro de Dios en Cristo, con la revelación del amor de Dios que vence al odio? También en nuestra época, muchos no conocen a Dios y no pueden encontrarlo en Cristo crucificado. Muchos buscan un amor y una libertad que excluya a Dios. Muchos creen que no tienen necesidad de Dios.

Queridos amigos, después de vivir juntos la pasión de Jesús, dejemos que en esta noche nos interpele su sacrificio en la cruz. Permitámosle que ponga en crisis nuestras certezas humanas. Abrámosle el corazón. Jesús es la verdad que nos hace libres para amar. ¡No tengamos miedo! Al morir, el Señor salvó a los pecadores, es decir, a todos nosotros.

El apóstol san Pedro escribe: «Sobre el madero llevó nuestros pecados en su cuerpo a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; por sus llagas habéis sido curados» (1 P 2, 24). Esta es la verdad del Viernes santo: en la cruz el Redentor nos devolvió la dignidad que nos pertenece, nos hizo hijos adoptivos de Dios, que nos creó a su imagen y semejanza. Permanezcamos, por tanto, en adoración ante la cruz.

Cristo, Rey crucificado, danos el verdadero conocimiento de ti, la alegría que anhelamos, el amor que llene nuestro corazón sediento de infinito. Esta es nuestra oración en esta noche, Jesús, Hijo de Dios, muerto por nosotros en la cruz y resucitado al tercer día. Amén.

 

 
   
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